Opinión | Tierra Arrasada
Por Bruno Leandro Galleni*
Con esas palabras asumió el Gobernador Axel Kicillof el gobierno de la Provincia de Buenos Aires, allá por octubre del año pasado.
Una eternidad parecía aquel entonces pero sin embargo no llegamos a un año de gobierno del Frente de Todos y pareciera que aún quedaba mucho por hacer para llegar a ese extremo.
En aquel entonces había un virus que estaba lejos de nuestra frontera, pero el Ministro de Salud, Ginés González García, muy tranquilo decía que era un problema del otro hemisferio, que estaba lejos y que no debíamos preocuparnos. Sin embargo parece ser que no tuvieron en cuenta que la gente viaja permanentemente de un hemisferio a otro en esas maravillosas obras de ingeniería llamadas aviones, que con gran velocidad cruzan los cielos desafiando las leyes de Dios y dándole al hombre y sus virus las alas que la naturaleza le negó.
Luego vino la cuarentena temprana, nos decían que era para preparar el sistema de salud. Pero pasaron los meses y el sistema de salud parecía mostrar cada vez mas fisuras. Falta de personal, falta de elementos de seguridad, falta de presupuesto… se prometían plus salariales que luego no se pagaban, la gente aplaudía a los abnegados galenos en signo de agradecimiento, pero la miseria humana comenzó a aflorar de la mano de la política del miedo implementada por el Gobierno y sistemáticamente apoyada por los medios de comunicación que, rápidamente, perdieron todo atisbo de pensamiento crítico.
Pronto vimos que los médicos sufrían amenazas y ataques, los vecinos querían echarlos de sus domicilios por miedo a que lleven el virus (como si fuera que los médicos pensaban también llevar tan alegremente el virus a su grupo familiar) y sus autos eran vandalizados por cobardes anónimos.
Mientras tanto, parece ser que en los barrios marginales del conurbano y CABA carecían de los mínimos elementos necesarios para asegurar la higiene. Los pisos de tierra no se podían limpiar con lavandina, el alcohol era un bien de lujo y los monoambientes para siete personas resultó que no permitían un correcto aislamiento. Descubrimos también que los pobres no llegaban a fin de mes con el esquivo IFE (que no resultaba tan fácil de tramitar) y tenían que salir a trabajar violando la cuarentena.
Algo parecido sucedía con miles de trabajadores independientes y, por supuesto, tamaña afrenta contra los usuarios de redes sociales y la autoridad pública debía ser castigada. Así fue que se ordenaron prontos operativos para detener a los díscolos trabajadores de todas las clases sociales, al que iba en vehículo particular se lo secuestraban con destino incierto, y al que sorprendían en transporte público era bajado inmediatamente y todos, sin excepción, eran prontamente sumariados y derivados a la justicia penal.
Pero esa justicia penal parece que tenía otro problema más serio aún. Parece ser que muchos de los detenidos tenían miedo a contagiarse y ser víctimas del virus «supuestamente» mortal y solicitaron prontamente su detención domiciliaria, la cual fue raudamente otorgada por algunos jueces que se mostraron muy comprensivos con la situación de quienes pasaron de ser victimarios a víctimas de un sistema represivo que ponía en jaque sus vidas.
Nadie sabe sobre los controles que tomaron para asegurar que cumplieran con las condiciones de su prisión domiciliaria, pero a juzgar por la cantidad de detenciones de dichos sujetos cometiendo nuevos ilícitos, pareciera que no fueron muchas las medidas. Nuevamente el Estado protegía a los delincuentes a costa de los “ciudadanos de bien”. Claro que entre otros tantos liberados, estuvieron algunos distinguidos amigos del “Club del Poder”, como el ex-Ministro fetiche de la Jefa, Amado Boudou entre otros.
Así fue que, luego de la avanzada judicial contra el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y sus funcionarios, tras el cambio de gobierno pareciera ser que se empezó a descubrir que, en realidad, no había pasado nada, y que ni los buenos eran tan buenos, ni los malos tan malos y así fue como mientras se aflojaba el cerco judicial de unos, se ajustaba contra otros funcionarios de la pasada gestión, cual nudo de corbata en el cuello del abogado litigante un miércoles de 33° C corriendo de un juzgado a otro.
Luego giró el foco de atención. El insigne gobernador apuntaba el dedo acusatorio contra los runners de la capital por el creciente aumento de casos en la provincia mientras el Jefe de la Ciudad se defendía diciendo que no retrocedería con las medidas de morigeración de la domiciliaria establecida para el general de la población, de la cual sólo quedaban exceptuados los militantes peronistas en actos oficiales, los políticos peronistas, los sindicalistas (esos son todos peronistas) y aquellos que circunstancialmente se agrupaban a su alrededor para sacarse selfies o comer algunos entremeses como si fueran inmunes al virus letal que nos obligaba a todos a permanecer encerrados aún a costa de nuestra propia miseria.
Fue así que parte del clamor popular se dirigió a los políticos que no sólo no cumplían con las medidas de aislamiento (salvo para ir a trabajar, ahí si se cuidaban de juntarse nunca), se les pedía un esfuerzo, que muestren empatía con los pobrecitos que nos fundíamos en casa. Pero claro, no podían tomar una medida tan demagógica como bajarse el sueldo. Dónde se ha visto a un político argentino haciendo demagogia.
Entre medio nos enteramos que el Intendente Insaurralde (paciente de riesgo) tenía COVID: resultó ser que la clase política no era inmune. Sin embargo, tuvo la enorme suerte de recibir el tratamiento de plasma (tan escaso) y, a los pocos días, salió del hospital festejando con los médicos que se ve que no tenían mucho para hacer justo ese día y aprovecharon para felicitar al intendente en su despedida airosa del sistema de salud pública al mejor estilo propaganda estatal de los viejos estados comunistas. Tan solo nos faltaba el locutor de “Sucesos Argentinos” con su música triunfante.
Así fuimos avanzando con penas y sin gloria por esta patriótica cuarentena humanitaria, batiendo récords de contagios, muertes y días de encierro. Nos indignamos por aquellos que rompían la cuarentena para tener sexo, visitar familiares. Pero a pesar de tamaña desidia, las autoridades policiales se aseguraban de que nadie violara las medidas sanitarias, los intendentes del interior de la provincia ponían barricadas en las entradas de sus pueblos dejando familias separadas y las policías de todo el país redoblaban sus esfuerzos. Es cierto que hubo algunas muertes y abusos policiales, pero todo sea por asegurar el bien común.
Lógicamente, frente a tamaña crisis el Honorable Congreso de la Nación se dedicó a temas de extrema urgencia como reformar la justicia federal en cuarentena desde marzo y con escasos empleados trabajando, en donde doy fe de que la parálisis fue casi total hasta hace pocas semanas atrás.
Mientras tanto, el virus avanzaba y la pobreza se cernía sobre los argentinos. Para evitar los despidos, se mantuvo la prohibición de realizarlos sin justa causa y así se perdieron cientos y miles de fuentes de trabajo, comerciantes fundidos por no poder trabajar, los chicos encerrados en sus casas sin poder socializar con sus amigos ni estudiar por falta de acceso a los recursos técnicos necesarios para hacerlo a distancia.
Mientras tanto, en Berazategui el intendente local, Juan José Mussi se jactaba de las infracciones labradas a los trabajadores que osaban desafiar la prohibición de trabajar sin permiso estatal y de haber iniciado una denuncia penal contra Edesur justo unos días antes de que se empiece a hablar sobre su posible estatización, sin decir que esa denuncia estaba archivada por falta de impulso… del municipio. En los hogares de Berazategui faltaba el agua justo cuando te decían que tenías que lavarte las manos 27 veces por día, cantando la marcha peronista hasta no recuerdo que estrofa (perdón por el olvido).
En Quilmes, Mayra Mendoza se sacaba fotos paseando por los barrios carenciados que poco a poco se iban militarizando, tal vez con la esperanza de que así no esparzan la peste. Pero todo fue en vano, el municipio tuvo un brote repentino de casos, nos enteramos de que también ella contrajo la peste, pero sin consecuencias graves.
Mientras tanto, en ambos municipios la delincuencia se sentía a sus anchas, sólo tenía que esquivar los controles policiales destinados a los trabajadores en puestos fijos para campear a lo largo y a lo ancho del tercer cordón. Poco a poco los casos se multiplicaron, un jubilado osó defenderse y se cargó a un delincuente, fue detenido, sometido al escarnio público por los familiares del delincuente abatido y se tuvo que mudar a algún destino conocido. Otros justicieros comenzaron a aparecer, en algunos casos con víctimas inocentes, pero la constante ausencia del “Estado presente” no parecía dejar otras alternativas mas que defenderse o someterse, en cualquiera de los dos casos sin garantías sobre la vida de los ciudadanos trabajadores.
Y cuando pensamos que ya nada podía sorprendernos de este gobierno, resulta que nos enteramos que la policía bonaerense marcha por las calles pidiendo un aumento salarial porque consideran que ganar $ 35.000 por 12 hs de trabajo es poco dinero considerando que se exponen al virus y a las balas. Todo el mismo día que Lázaro se levanta y anda hacia su prisión domiciliaria (¿en devolución por el silencio guardado?).
En resumidas cuentas, la tierra ahora si está arrasada, pero por los saqueadores, que según la Ministra de Seguridad de Nación Sabina Frederic decía que a su criterio el tema no era una cuestión de seguridad, chocando con su colega provincial Sergio Berni, que le salió al cruce. El presidente, en tanto, sale diciendo en consonancia con el Gobernador Kicillof, que los delitos son resultado de la falta de opciones de algunas personas.
Ya nadie entiende nada: los presos están libres, los libres están presos y ¿delinquir es una opción? En lo personal, me educaron en la premisa de que robar no es una opción, tampoco cometer otros delitos, porque se debe respetar la ley. Pero ahora que soy grande y me recibí de abogado veo como acomodan la ley para que los delitos no sean tan delitos y que el trabajo sea criminalizado y castigado con onerosos impuestos para sostener una “oligarquía política” que solo piensa en sus propios beneficios, y multiplica los pobres en lugar de multiplicar las oportunidades, todo por supuesto en pos del bien común.
Le agradezco a las autoridades, pero con cuidadores como ellos, prefiero jugármela y cuidarme solo.
*Abogado en materia de Derecho Tributario, Laboral y analista en Prevención de Lavado de Activos y Financiamiento del Terrorismo. Apoderado del Partido Libertario y referente del mismo en Berazategui.

